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mayo 08, 2010

EL SERVICIO A DIOS en el orden de prioridades de la vida (1a Parte)

EL BALANCE "FAMILIA-MINISTERIO"

Para que nuestro trabajo en la obra de Dios (sea cual fuere éste) resulte verdaderamente de bendición, pues debe serlo así para todos los involucrados y para todos los alcanzados por el mismo. Y esto involucra también, y como punto de partida, a nuestra propia familia.
          Si llegase a darse un choque entre el servicio a Dios y la prioridad que debemos darle a nuestro hogar, es que surgen los conflictos; y por cierto, muy grandes.
          Recordemos que el núcleo familiar es el pilar de toda la sociedad; y aún, el de cada iglesia.
          Por tanto, no puede haber buenos ministros de Dios con un hogar tambaleante o destruido detrás de ellos; si es que el detonante de que se diese esa situación fue el descuido y errores que se cometieron por procurar servirle a Dios, pero haciéndolo sin sabiduría, de la manera incorrecta.
          El Señor no nos va a pedir nunca que hagamos algo que traiga ruina a nuestra familia. Él solo quiere el bien para nosotros y para los nuestros:
“Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.”
Jeremías 29:11
          Para aquel que le sirve a Dios, hay condiciones en su palabra: hay que tener, primero que todo, una vida personal y familiar en orden. Hay que saber gobernar y comportase en su propia casa, teniendo un buen testimonio dentro del hogar, primeramente. 
“Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea. Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso…que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?)…También es necesario que tenga buen testimonio de los de afuera, para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo.
1 Timoteo 3:1-2,4-5,7
          Es precisamente en el hogar en donde se ve y se prueba el verdadero carácter cristiano. Y nuestra familia es la primera en saber si somos los mismos dentro y fuera de casa; si somos los mismos en la iglesia y en nuestro diario vivir. No podemos llevar una vida de "doble discurso". Debemos ser auténticos, transparentes y de una sola pieza, siempre y en todo lugar.
          Por otro lado, es importante saber mantener el balance entre atender la familia y servir al Señor en un ministerio determinado. Es cierto que hay que pagar un precio por servirle a Dios (y sé que muchos otros podrán testificar de ello con mayor autoridad que yo misma). Pero también es cierto que ese precio tampoco debe ser tan alto que nos llegue a costar nuestra familia (como a algunos les ha acontecido, por no actuar bajo el paraguas de Dios). Y no es que esto tenga que suceder siempre así, sino que pude pasar cuando no se pone el cuidado necesario y se hacen las cosas sin sabiduría.
          El Señor Jesús mencionó:
“Con sabiduría se edificará la casa, y con prudencia se afirmará.
Proverbios 24:3
“...¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar.”
Lucas 14:28-30
          Me atrevería a comparar que tampoco nos valdría de nada desempeñar un supuestamente gran ministerio y realizar un poderoso trabajo para Dios; si es que, detrás de todo eso y por culpa nuestra, el precio fue un matrimonio destruido o los hijos en la infelicidad o en malos caminos.
“Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma...”
Mateo 16:26
          Preguntémonos sinceramente qué le puede interesar más al Señor para nosotros: ¿si un aparentemente fructífero y poderoso ministerio, pero con una familia infeliz detrás de éste? o ¿una vida personal y familiar plena y feliz y, como consecuencia de ello, un fructífero y sólido ministerio? Siempre habrá tiempo para servirle a Dios; pero sí podría llegar el tiempo en que sea muy tarde para recuperar una familia que se dejó en el descuido.
          Según una cita bíblica que mencinamos un poco más arriba, vimos que el hecho de no gobernar bien nuestra propia casa no nos trae “buen testimonio con los de afuera”; sino más bien, nos hace caer “en descrédito y en lazo del diablo.” Es decir, seríamos un pésimo testimonio de lo que un verdadero creyente en Cristo debería ser. Inclusive, ello le restaría peso y autoridad al ministerio que estemos desempeñando o vayamos a desempeñar para Dios.
          A manera de conclusión de todo lo expuesto en este artículo, quiero enfatizar que, no por dedicarnos a servir al Señor, nuestra familia se vaya o deteriorar. Claro que no. Mucho menos, quiero decir que “familia” y “ministerio” sean incompatibles. Por supuesto que no. Al contrario:
Los más hermosos y poderosos ministerios son aquellos que conllevan la participación, o bien, el apoyo de nuestro núcleo familiar, estando la familia bien cimentada en el orden de Dios. Conforme más se compenetren ambas cosas: familia y ministerio, pues, mejor será. Solo que siempre hay que saber balancear las cosas con la sabiduría de Dios.
          La familia es el núcleo de la sociedad y por supuesto, de la iglesia. Sin una familia sana y funcional no puede haber un ministerio sano y funcional. De allí la importancia de una correcta cobertura familiar para todo ministerio.
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