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mayo 07, 2010

LA FAMILIA en el orden de prioridades de la vida (1a Parte)

PRIORIDAD NÚMERO DOS: NUESTRA FAMILIA.
Tengo casi la completa seguridad de que ninguno que se llame a sí mismo "crisitiano" estará en desacuerdo conmigo, respecto a que nuestro Señor ha de ser el número uno para nosotros; es decir, la primera posición en el orden de prioridades de nuestra vida. Ahora bien, si preguntásemos cuál ha de ser la prioridad que sigue, es cuando surgen las diferencias de opinión.
          Algunos dirían, de buenas a primeras, que debe ser el servir al Señor. Otros, lo que harían sería fusionar, erróneamente, la prioridad de poner a Dios en primer lugar con la prioridad o el hecho de servir a Dios. Aunque a simple vista estas dos cosas resultan parecidas y suenan casi similares, no son exactamente lo mismo.
          En realidad, la prioridad que debería seguir en su vida, después del Señor y su relación personal con él, no es ni su trabajo, ni su carrera, ni sus estudios; ni sus metas personales; ni siquiera, su ministerio para Dios; sino sencillamente, su familia.
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          Solo si usted no tuviere ninguna familia cercana y además, se sustentara del ministerio que realiza para Dios (lo cual también podría ser su caso), es que podrá pasar por alto las prioridades que siguen y llegar directamente a la prioridad del servicio a Dios. Si no es ese su caso, la prioridad segunda en su vida ha de ser su propia familia.



1. ¿HASTA DÓNDE LLEGA MI FAMILIA?
          Es cierto que, en el sentido amplio de la palabra, todos nuestros familiares o todos aquellos con quienes guardemos algún lazo de consanguinidad o de afinidad forman parte de nuestra familia. Pero aunque mucho los amemos a todos, también es cierto que resultaría muy difícil o quizás imposible, concederles la segunda prioridad en nuestra vida a un grupo tan extenso de personas. 
          Por eso, circunscribiremos aquí el término "familia" a nuestro círculo familiar más íntimo; a aquellos seres amados más cercanos a nosotros; principalmente, aquellos con quienes convivimos.
          En el caso de un padre, por ejemplo, su familia se trata de su esposa (si la tiene) y sus hijos. Si fuese una madre, nos referimos a sus hijos y esposo (si lo tiene). En caso de que algún suegro o suegra conviva con éstos y esté bajo su cuidado, pues entonces hemos de añadirlos a ese núcleo familiar.
          Si hablamos de un hijo que aún no ha formado su propia familia, entonces probablemente sus seres más cercanos sean sus padres y sus hermanos. Para algunos, su lazo más estrecho de consanguinidad se trate quizá de sus abuelos, sus tíos u otras personas con quienes se haya criado; si es que no lo hicieron con sus padres biológicos.
          En fin, habría así un amplio abanico de posibilidades por mencionar. Pero cada quien sabe, por cierto, quiénes forman su círculo familiar más íntimo.
          Bueno, a esa, nuestra familia (sea el caso que fuere), es a quienes debemos concederle la segunda prioridad en nuestra vida, después del Señor. Y esa prioridad “familia” lleva tras sí, de manera inherente, todo aquello que involucre el bienestar de ésta.
(Esto lo veremos más adelante, en otros artículos, en lo que respecta a las prioridades que siguen).



2. ¿Y QUÉ CONMIGO?
          Tampoco debemos olvidar, como parte de la prioridad de nuestra propia familia, incluirnos a nosotros mismos. ¿Sería acaso eso ser un tanto egocentrista? Pues claro que no. Veamos lo que dice la Biblia.
         ¿Qué es lo que dice casi al final del segundo gran mandamiento? Pues, “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El Señor no nos pide que amemos a los demás más que a nuestra propia vida; sino, igual, de la misma forma como nos amamos a nosotros mismos. Ese es el punto de referencia y de partida, para este gran mandamiento. Mandamiento que de por sí, no siempre es fácil de cumplir.
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.”
Marcos 12:30-31
          Así, el primer mandamiento es amar a Dios; y el segundo es amar a nuestro prójimo como nos amamos a nosotros mismos. Pero, si no nos amamos ni siquiera a nosotros, ¿cómo podemos pretender amar también a los demás? Y es que alguien que no se ame a sí mismo, que no le importe con su propia persona ni cuida de sí, tampoco será capaz de prodigar amor, cuidado ni atención a otros.
          El amarnos a nosotros mismos (dentro de la medida correcta, claro está) y aceptarnos tal como somos es el punto de partida para, de esa misma manera, tratar a los que nos rodean.
          Fíjese que digo amarnos, en el sentido correcto de la palabra; y no adorarnos ni idolatrarnos; tampoco, venerarnos desmedidamente. Pues eso ya sería "harina de otro costal".
          Hay quienes se aman tanto a sí mismos que caen en egolatría o narcisismo y llegan al extremo en que no les importa con más nadie que con ellos mismos; anteponiendo siempre sus propios intereses y deseos ante todo y ante todos; incluso, ante Dios mismo. Eso nunca debe ser así. Y quien así actuase, no estará cumpliendo ese segundo gran mandamiento, ya que se estaría "amando a sí mismo muchísimo más, y muy por encima que a su prójimo."
          Amarnos a nosotros mismos, en su justa media y como Dios nos manda a hacerlo, no tiene porqué implicar en ninguna forma, egolatría, vanidad, altivez ni narcisimo.


          ¿Consideras que la familia debe ser lo más importante para alguien, después de Dios? ¿Por qué? Coméntanos tu opinión.
Ver también:
La familia (2a Parte)
La familia (3a Parte)

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