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mayo 07, 2010

DIOS EN PRIMER LUGAR en el orden de prioridades de la vida

PRIORIDAD NÚMERO UNO: DIOS
Creo que ninguno que diga ser creyente tendrá algún problema en aceptar (al menos, doctrinalmente) que Dios debe ser la prioridad número uno en su vida. Sin embargo, es imprescindible e imperante que esto se cumpla en nosotros, no meramente en teoría o emoción, sino en lo práctico y en verdad, al punto de ser una realidad inminente e inconmovible en nuestras vidas.
          Al decir que el primer lugar tiene que ser Dios, me refiero específicamente a nuestra relación personal con él, a lo que él significa para nosotros y a cómo todo lo que hagamos, digamos y pensemos busque siempre agradar, respetar, obedecer, temer y exaltar a Dios.
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1. QUÉ SIGNIFICA TENER A DIOS EN PRIMER LUGAR:
          El que Dios sea o no sea la primera prioridad en mi vida tiene que ver con quién es Dios para mí y cómo lo pongo de manifiesto, de una manera real, en mi diario vivir; cuánto le amo, le temo, le obedezco y cuán agradecido y fiel soy para él; si me guardo para Dios, en palabra, hecho y pensamiento; si es mi gozo alabarle y adorarle; si anhelo y busco su presencia y el hacer su voluntad; si lo reconozco como el dueño y Señor de mi vida y vivo de acuerdo a ello; si él es todo para mí y el deleite de mi ser; si es lo más bello y más grande en toda mi vida.
          En resumidas cuentas, el tener a Dios en primer lugar implica cumplir en la vida el principal mandamiento de todos (Marcos 12:30), amando al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas. Y no solo amarle, sino demostrarlo a diario con los hechos. Eso es tener a Dios en primer lugar.
          Es también darle la preminencia a él, aún en lo más íntimo de nuestro ser:
“Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía, y redentor mío.”
Salmos 19:14
          La Palabra de Dios hace alusión a esta realidad de poner al Señor en primer lugar en nuestras vidas cuando nos dijo el mismo Jesús:
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.”
Marcos 12:30-31
          El famoso Decálogo o mejor conocido como los Diez Mandamientos (Éxodo 20:1-17), es la base de la ley que Dios estableció para el pueblo de Israel; y los principios en ella contenidos son también extensivos para toda la humanidad.
          Decimos que ese Decálogo es la base de la ley, puesto que el Señor después de esto le dio a Moisés cientos de ordenanzas más, de todo tipo y más específicas, para regir todos los aspectos de la vida del pueblo hebreo.
          Pero, todas esas reglas específicas guardaban siempre armonía con aquello que ya estaba establecido en los preceptos generales del Decálogo. Es algo similar a las leyes, códigos y reglamentos de un país, que nunca podrán ir en contraposición a los principios generales establecidos en la Constitución de dicha nación; sino más bien, deben ceñirse estrictamente a la misma.
          Ahora bien, queda claramente delineado en los Diez Mandamientos algo muy interesante. Y es que los cuatro primeros mandatos tienen que ver específicamente con nuestra relación con Dios (v. 1-11); mientras que los últimos seis (v. 12-17), con nuestra relación con los demás; es decir, con nuestro prójimo.
          De esta hermosa y perfecta forma, todas las leyes y reglamentos del pueblo de Israel estaban contenidas, en síntesis, en los Diez Mandamientos. Éstos a su vez, están condensados dentro de lo dos más importantes mandamientos que citó el mismo Señor Jesús, y que acabamos de mencionar un poco más arriba (Marcos. 12:30-31) resumiéndose sabiamente en éstos todos los demás preceptos.
          Y es que, si amamos al Señor con toda nuestra alma y corazón, es claro que no adoraremos imágenes, no tomaremos su Nombre en vano, etc. Por otro lado, si amamos a las demás personas como nos amamos a nosotros mismos, tampoco les robaremos, les mentiremos, les envidiaremos, los calumniaremos ni haremos nada que les haga daño. Es por eso que, en amar al Señor por sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, se cumple toda la ley de Dios.
“De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas”.
Mateo 22:40
1. AMAR Y HACER VAN RELACIONADOS:
          El hecho de que amemos a Dios, va directamente relacionado con nuestra conducta para con él y con que se cumpla su señorío en nuestras vidas; y esto es, en todas las áreas y aspectos. El amor a Dios se lo mostramos a él, haciendo su voluntad.
          Quien ama, quiere agradar y alegrar al ser amado. Por consiguiente, va a hacer lo que sabe que a éste le hace feliz y lo hará, no solo por obligación, sino por convicción, y más que todo, porque se complace en hacerlo.
          Existe una relación directa entre el amar y el hacer. Lo que hacemos es una consecuencia directa de nuestro amor o nuestra falta de amor; tanto para con Dios como para con nuestro prójimo. Por eso es que en amar a Dios y amar a nuestro prójimo se cumplen todos los mandamientos del Señor.
Si me amáis, guardad mis mandamientos... El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él... El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis palabras...”
Juan 14:15, 21, 23
          Al tener verdaderamente a Dios en primer lugar, estaremos haciéndolo realmente el Señor de nuestra vida, permitiéndole que él gobierne en todos los aspectos de nuestro diario vivir; reverenciándolo con temor y temblor, honrándole con todos nuestros actos y, a la vez, amándolo por encima de todo en esta vida. Este es el fundamento para toda vida cristiana plena y, por supuesto, también para cualquier ministerio o servicio a Dios. Si para nosotros Dios no está en primer lugar, entonces, vano resultaría todo lo demás que hagamos.
“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.”
Mateo 7:21-23
          Solo si el Señor es la primera prioridad en nuestra vida, tendremos ya establecida la base correcta, el fundamento y punto de partida sensato para seguir agregando sobre ello, en nosotros, el orden correcto de prioridades.
          Examinaremos más de las otras prioridades en los demás artículos de esta serie "Orden de Prioridades".
          También le sugiero ver algunas de las formas en que ponemos de manifiesto que Dios es el primero en nuestras vidas:

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