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junio 06, 2011

DÓNDE HAY QUE ADORAR A DIOS?

LA ADORACIÓN A DIOS NO DEPENDE DE UN LUGAR 
En esta serie sobre los verdaderos adoradores hemos venido analizando aquel muy conocido pasaje en el cual el Señor Jesús sostuvo una conversación con una mujer samaritana (historia que pueden ver con mayor detenimiento en Juan 4:1-26).
          Dicho pasaje bíblico nos arroja varias luces acerca de lo que es y lo que implica la verdadera adoración a Dios. En el caso del presente artículo, nos enfocaremos a analizar si la adoración al Señor depende o no depende de estar en un lugar físico específico y por qué.
          Veremos esta vez solo un fragmento de dicha historia bíblica, en lo que respecta al tema de dónde se debe adorar al Señor.
"Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar. Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren."
Juan 4:19-21,23
Jesús conversa con la mujer samaritana
          Si examinamos el contexto dentro del cual tuvo lugar dicha situación, veremos que el Señor Jesús le había acabado de develar a la samaritana ciertos aspectos de su vida que él, humanamente, no habría podido saber (Juan 4:16-19). Por esa razón, ella le tiene entonces por profeta.
          Ahora bien, pensando ella eso, aprovecha entonces para plantearle al Señor el debate (común en su tiempo), acerca de dónde era el lugar correcto en donde se debía adorar a Dios: si en Jerusalén o en Samaria (v. 20).
          De buenas a primeras, la interrogante de dicha mujer podría parecer algo fuera de lugar, en medio del contexto de su conversación aquella con el Maestro. Pero en realidad, su pregunta tenía su razón de ser.
          Para comprenderlo mejor, es necesario verlo primero a la luz del trasfondo histórico, religioso político y cultural entre Samaria y Jerusalén.


1. TRASFONDO DE LA RIVALIDAD ENTRE JUDÍOS Y SAMARITANOS:
          Para los judíos de ese entonces, lo lógico y natural era acudir a adorar a Dios en el lugar previamente destinado para ello; especialmente, en el templo en Jerusalén (en la capital de su nación), sitio al cual Dios mismo había escogido para tal fin:

Ciudad de Jerusalén en la actualidad
"...Jerusalén, ciudad que Jehová eligió de todas las tribus de Israel, para poner allí su nombre..."
1 Reyes 14:21
"sino que el lugar que Jehová vuestro Dios escogiere de entre todas vuestras tribus, para poner allí su nombre para su habitación, ése buscaréis, y allá iréis."
Deuteronomio 12:5
          Por eso, durante las grandes fiestas religiosas anuales, los judíos provenientes de otras regiones, acudían a Jerusalén para rendir sacrificios y adoración a Dios. Se podía decir que Jerusalén era la meca religiosa de los judíos.
          En cambio, los samaritanos creían que el lugar designado para tal fin, de adorar a Dios, era el monte en donde estaba asentada la ciudad de Samaria (allí, ellos también llegaron a edificar un templo).
          Pero, veamos cómo empezó todo:
          La nación hebrea vivió su época de mayor esplendor, unidad y paz durante el reinado de Salomón. El país completo de Israel, sus 12 tribus, tenían un solo rey. Pero luego de la muerte de Salomón, el reino pasó a manos de Roboam (su hijo), y durante el gobierno de éste, la nación se fraccionó en dos (alrededor del año 931 A.C.) y se constituyeron dos reinos divididos:
  1. El reino de Israel: en la región norte del país, con capital en Siquem y luego, Samaria (formado por 10 tribus). 
  2. El reino de Judá: en la región sur del país, cuya capital era Jerusalén (formado por 2 tribus).
La división de las 12 tribus en dos reinos separados:
Judá (en rosado) e Israel (en celeste).
          Esa división política permaneció de esa forma por varios siglos. Aún así, ambos estados (Israel y Judá) mantenían, cuando les convenía, cierto sentimiento de parentesco y en ocasiones, de unidad, en lo que se refería a aliarse entre sí para enfrentar en guerra a naciones enemigas más fuertes que ellos. Pero también se dieron encuentros bélicos de vez en cuando entre Israel y Judá, aún siendo compatriotas.
          Aproximadamente en el año 877 A.C., durante el reinado de Omri (rey de Israel), éste estableció la capital de su reino en Samaria. Antes de Samaria, la capital del reino de Israel se llamaba Siquem.
El monte de Samaria en la actualidad
"Y Omri compró a Semer el monte de Samaria por dos talentos de plata, y edificó en el monte; y llamó el nombre de la ciudad que edificó, Samaria, del nombre de Semer, que fue dueño de aquel monte."
1 Reyes 16:24

          Aproximadamente en el año 853 A.C., los asirios conquistaron las diez tribus del norte (las cuales constituían el reino de Israel), destruyendo a Samaria, su capital. La mayoría de su gente fue desterrada, enviada al exilio, deportada a otras ciudades. Además, se instalaron pobladores extranjeros en Samaria, que "absorbieron" a los pocos samaritanos que en ella quedaron. Así, los escasos pobladores originales de Samaria, aunque eran israelitas, fueron debilitando sus creencias y entremezclando sus costumbres con las de los extranjeros paganos allí residentes.
           Después que cayó el imperio asirio, Samaria pasó a manos de los babilonios y luego, a los sucesivos conquistadores de Palestina. De esta forma, debido a siglos de conquista y colonización extranjera, ya para tiempos de Cristo, los samaritanos no eran propiamente judíos puros.
          Los samaritanos practicaban cierta forma de judaísmo y guardaban, en parte, lo que denominaban el Pentateuco Samaritano. Sus costumbres eran ya, durante la época de Jesús, una fusión deformada entre las creencias judías y los rituales y costumbres paganas. Además, su propia raza se había mezclado con los otros pueblos (cosa que era reprobada entre el pueblo de Dios, e incluso, por Dios mismo). Así, parecían judíos, pero no lo eran del todo; observaban en parte la ley mosaica, pero no andaban netamente de acuerdo a ésta; creían en Dios, pero no vivían como pueblo de Dios. Podría decirse que eran israelitas en apariencia, pero ya casi sin la esencia hebrea original.
          De esa forma, los samaritanos, dispersados en otras tierras y dominados por culturas paganas, llegaron a perder su identidad y nunca más volvieron a ser el mismo pueblo que una vez fueron. Se convirtieron en un pueblo multiétnico y multicultural, incluso, con un sincretismo religioso, producto de las sucesivas conquistas extranjeras sobre ellos. 
          En el caso del reino de Judá (incluyendo a Jerusalén, su capital), éste fue finalmente conquistado por Babilonia (por Nabucodonosor), ya para el año 586 A.C. Gran parte de los judíos fueron deportados y llevados a Babilonia (a lo que se le conoció como el cautiverio); y otro grupo huyó a Egipto. Los judíos "de la cautividad" estuvieron en Babilonia por más de 70 años. Pero siempre quedó un pequeño remanente establecido en Jerusalén, solo que viviendo en pésimas condiciones: en suma pobreza; sus muros, su templo y sus casas fueron destruídos (Nehemías 1:1-4Nehemías 7:3-4).
          Pero a diferencia de lo que sucedió con Samaria, en Jerusalén no se asentaron gran cantidad de extranjeros, sino que la mayoría de los pocos residentes siguieron siendo judíos. Aunque la ciudad quedó desolada, la poca gente que quedó allí no perdió del todo sus creencias religiosas. Además, a los judíos que vivían cautivos en Babilonia se les permitía relativa libertad, en cuanto a asociarse entre ellos y no mezclarse con otros.
          Después de esta dominación babilónica sobre el pueblo judío, el imperio persa conquistó a Babilonia y, por consiguiente, ejerció su dominio también sobre los judíos que allí estaban, así como sobre los que vivían en Jerusalén. Pero fueron subyugados pacíficamente. Fue precisamente bajo ese dominio persa que se le permitió a los judíos regresar a su patria y reedificar la ciudad de Jerusalén (Nehemías 2:1-5),  incluyendo la reconstrucción del templo de Salomón (Esdras 6:14-15), con lo que se reinstauró entonces el culto verdadero a Dios (Nehemías 8).
          Los judíos (los de Judá) no perdieron su identidad como pueblo de Dios, ni sus antiguas tradiciones; todo lo cual aún conservaron cuando regresaron a su patria, una vez terminada su cautividad. Pero no sucedió así con los samaritanos, quienes fueron prácticamente “absorbidos” por otros pueblos.
          Por otro lado, cuando los samaritanos lograron a su vez regresar de su exilio para reinstalarse en Samaria (también durante la época del dominio persa) reedificaron su propio templo en dicha ciudad (en el año 428 A.C.), aunque Samaria no era el lugar que Dios había elegido para ello. Como en ese templo no se rendía culto a Dios limpiamente, sino que se había infiltrado el paganismo, entonces un gobernante de Judea, Hircano I o Hircán I destruyó el templo de Samaria  (en el año 128 A.C.);  lo cual acrecentó la rivalidad entre judíos y samaritanos. Este templo samaritano fue restaurado por Herodes el Grande, en el año 30 A.C. Los samaritanos, por su parte, profanaron el templo de Jerusalén con ciertos actos inmundos, lo que intensificó aún más el odio entre ambos pueblos.
          En esencia, los judíos menospreciaban a los samaritanos y los consideraban como impuros (pues su linaje se había mezclado con pueblos extranjeros). También, los veían como paganosherejes (debido a que su religión original se había desviado).
          Decirle a un judío que se amistara con un samaritano era casi un insulto. Por eso, cuando Jesús les dice a unos judíos ciertas cosas que les desagradaron, ellos, con ánimo de ofenderle, le llaman samaritano (Juan 8:46-49).
          El Señor Jesús, en varias ocasiones, dejó ver en sus enseñanzas que no era buena esa rivalidad entre ambos pueblos, haciéndoles ver que tanto judíos como samaritanos eran prójimos entre sí.
El hombre de Samaria ayuda al hombre judío
(parábola del buen samaritano)
          Él les puso como ejemplo a los judíos la historia que hoy conocemos como la del buen samaritano (Lucas 10:25-37). En ella, fue precisamente un hombre de Samaria quien tuvo misericordia y auxilió a un judío que encontró gravemente herido junto al camino; siendo que, anteriormente otros judíos habían pasado de largo y no le ayudaron.
          Igualmente, en Lucas 17:11-19, se nos narra cómo diez leprosos son sanados por Jesús, y únicamente uno de ellos (el cual era samaritano), fue el que regresó a agradecerle al Maestro.
          En Lucas 9:51-56, el Señor reprende a dos de sus discípulos cuando ellos desean que les cayera fuego del cielo a los samaritanos en una aldea en donde no le recibieron a él, por el simple hecho de ser judío.
          Incluso, luego de su resurrección, antes de ascender al cielo, el Señor les encomienda a sus discípulos y seguidores que prediquen el Evangelio y que fuesen testigos de Cristo "en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria" (Hechos 1:8), rompiendo las barreras entre ambos pueblos. Y eso fue lo que hicieron los discípulos, pues luego se nos dice que "en muchas poblaciones de los samaritanos, anunciaron el Evangelio" (Hechos 8:25)
          Los samaritanos tampoco soportaban a los judíos; los odiaban y negaban la importancia religiosa de Jerusalén. Tal discordia queda manifiesta en estos versículos:
"Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta. Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber... La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí."
Juan 4:6,7,9
No se le niega agua a un sediento
          La actitud de esta mujer, aún en nuestros tiempos modernos nos parecería muy mezquina. Hay un decir popular hoy por hoy que dice que "un trago de agua no se le niega ni a un perro". Mucho peor sería el negarle un vaso de agua a un ser humano que venía cansado del camino, en pleno calor del día (pues se nos dice que era "como la hora sexta", lo que equivalía a las 12 mediodía).
          Es más, en esos tiempos antiguos, el ser hospitalario con los demás, aunque fuesen extraños, era parte de la cultura, siendo algo normal. Por eso, podemos ver aquí el grado de discordia que los samaritanos sentían hacia los judíos, a tal punto en que la mujer se indignó de que Jesús le pidiera simple agua para beber.
          Por otra parte, pese a lo que los judíos pensaran de ellos, los samaritanos se consideraban a sí mismos como verdaderos israelitas, fieles a la ley de Dios y descendientes de Abraham. Tanto así, que la mujer samaritana (del pasaje citado al inicio) habla de Jacob como "nuestro padre", o sea, padre de los samaritanos (Juan 4:12). Pero al fin de cuentas, ante el parecer de los judíos, los samaritanos eran quizás menos que una "imitación cosmética" del pueblo de Dios.
          Ya en los tiempos de Jesús, la capital política y religiosa de la nación de Israel, nuevamente unificada (aunque bajo el dominio romano), era Jerusalén. Con todo y eso, los samaritanos (ya fuese por tradición, por orgullo nacionalista o por su rivalidad con los judíos) seguían considerando a Samaria como el lugar en donde debían adorar, y menospreciaban el sitio que Dios mismo había elegido en Jerusalén para tal fin.

2. LA ADORACIÓN A DIOS NO VA LIGADA A UN LUGAR ESPECÍFICO:
          Vemos así que, a su entender, la samaritana relacionaba la adoración con un lugar físico específico. Pero, de la respuesta del Señor, entendemos que no tiene que ser así. Jesús le hizo ver a la samaritana que la adoración ya no tendría que ver con un lugar en particular:
“Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre.”
Juan 4:21
          Y continúa explicándole nuestro Señor a aquella mujer:
"Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad..."
Juan 4:23
          La expresión "la hora viene y ahora es" se refiere al momento a partir del cual la adoración a Dios no estaría más ligada a un lugar. Y ese momento fue precisamente desde que Jesús vino a esta tierra. Por eso dijo "ahora es", porque para entonces ya él estaba en este mundo.
Dios habita en el templo de nuestro propio ser
          Y también la frase "la hora viene" hace referencia futura a todos los que Cristo redimiría a lo largo de los tiempos, quienes le rendirían adoración a él en toda ocasión y lugar, pues le adorarían en cualquier sitio, desde el templo de su propio ser.
          Y  esto lo vemos cumplido hoy: ya no tenemos que ir necesariamente a un lugar específico para rendirle adoración al Señor.
          Sin importar dónde nos encontremos, y aunque no estemos necesariamente dentro de un templo físico o material, construido humanamente, podemos rendirle adoración a Dios desde el propio templo que es nuestro ser, pues recordemos que somos templo del Señor.
“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?”
1 Corintios 6:19

          Dios habita en nosotros, los hijos de Dios, y es precisamente en el templo de nuestro ser en donde tenemos un encuentro y comunión con él. Por eso, no importa dónde estemos ni qué momento sea; siempre que así lo queramos, podemos adorar a nuestro Señor, pues él siempre está dentro de nosotros, en nuestro corazón.
          Así, LA ADORACIÓN A DIOS NO DEPENDE DE UN LUGAR GEOGRÁFICO ni de un templo específico, pues ÉL HABITA EN EL TEMPLO DE NUESTRO PROPIO SER. Por eso, podemos adorarle EN TODO TIEMPO Y LUGAR, pues el templo lo llevamos siempre con nosotros.
          Y es algo grandioso que el gran y supremo Dios se digne a habitar en sus hijos, humanas criaturas, siendo que ni el universo entero sería casa suficiente para nuestro Señor. Es más, él es quien sustenta todas las cosas:
El Dios que sustenta los cielos se digna morar en sus hijos.
"Mas ¿es verdad que Dios habitará con el hombre en la tierra? He aquí, los cielos y los cielos de los cielos no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que he edificado? Mas tú mirarás a la oración de tu siervo, y a su ruego, oh Jehová Dios mío, para oír el clamor y la oración con que tu siervo ora delante de ti."
2 Crónicas 6:18-19

"...Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, Y seré su Dios, Y ellos serán mi pueblo."
2 Corintios 6:16
          Y tal como no hay que acudir a un lugar específico para adorar a Dios, pues tampoco es necesario un ritual para ello, sino que en la sencillez podemos adorarle.
          Igualmente, Incluso, cuando el Rey David era ya muy anciano y prácticamente no se levantaba de su lecho (1 Reyes 1:1-4,15), se nos dice que él adoró y bendijo a Dios, aún desde su cama. Él no dependía de alguna postura especial o algo así para poder rendir adoración a su Dios. Y eso, porque el Señor estaba en el propio corazón de David.
“…Y el rey adoró en la cama. Además el rey ha dicho así: Bendito sea Jehová Dios de Israel, que ha dado hoy quien se siente en mi trono, viéndolo mis ojos.”
1 Reyes 1:47,48
          Así, Dios quiere habitar en el templo de nuestro ser y que le adoremos en todo tiempo y lugar, cumpliéndose de esa forma en nosotros "la hora que ya vino y que ahora es" cuando los verdaderos adoradores le adorarían, en espíritu y en verdad.

¿Dónde crees que podemos adorar a Dios? Puedes dejarnos tus comentarios.

2 Comentarios. ¿Dejas el tuyo? :

Anónimo dijo...

Por qué odiaban los judíos a los samaritanos Consulte 1Reyes9; 2Reyes 17; 1 Nehemías 4

Anónimo dijo...

Hola mis hermanos si alguno me pudiera ayudar con esta tarea y que reciban bendiciones de parte del Señor este es mi correo luis777guaman@hotmail.com Por qué odiaban los judíos a los samaritanos Consulte 1Reyes9; 2Reyes 17; 1 Nehemías 4

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