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octubre 30, 2010

LA ADORACIÓN EN EL CIELO (2a Parte)

CÓMO LE ADORAREMOS EN EL CIELO?
En el artículo anterior (¿Cómo será adorar a Dios eternamente? Parte 1), hablamos de lo que la Biblia nos cuenta acerca de la adoración celestial. En esta ocasión, quisiera que viéramos esto mismo, solo que ahora, desde la perspectiva de cómo se sentirá adorar a Dios en el cielo.
          Y también, para aquellos que no se sienten muy motivados para exaltar a Dios, quisiera animarles, recordándoles algunas de las muchas razones que encuentro para hacerlo. Es más, yo me pregunto: ¿y cómo no adorarle, si es que le debemos tanto?
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          Como bien dijimos en el otro artículo, hay quienes piensan que el cielo será aburrido; inclusive, que adorar a Dios por toda la eternidad será algo gravoso. Bueno, yo puedo comprender que piensen así las personas que no tienen al Señor en su corazón y que no le han conocido como su Salvador personal. Eso es entendible. Pero en el caso de aquellos que se llaman a sí mismos creyentes, cristianos, hijos de Dios, redimidos o salvos, y que piensen así... Bueno… no lo entiendo muy bien. Y no es un caso hipotético. He escuchado a varios expresarse de tal forma.
          Creo que para que alguien se sienta motivado a adorar a Dios, todo radica en dos cosas básicas:
  • Primero: en CONOCERLE Y ESTAR CONSCIENTES DE QUIÉN ES ÉL.
  • Y segundo: en ESTARLE ETERNAMENTE AGRADECIDOS.
          Quien tenga estas dos cosas como una realidad en su vida, SERÁ ALGUIEN A QUIEN NUNCA LE FALTARÁN RAZONES PARA ADORAR AL SEÑOR. Es más: adorar a Dios será el anhelo de esta persona, pues será un eterno enamorado de Dios.


1. ¿Y CÓMO NO ADORARLE?
          A veces, me pongo a pensar en lo hermoso que ha de ser para los ángeles y demás seres celestiales, estar siempre ante la presencia de Dios y poder verle cara a cara. Quizás hasta podríamos pensar que así sí es fácil adorar a Dios. Pero que otra cosa es hacerlo nosotros aquí, atrapados en este cuerpo mortal, en nuestra torpe e imperfecta humanidad.
          Mas, entonces, el Señor me trae al corazón algo que los hijos de Dios tenemos, y que ninguno de sus ángeles que están con él en el cielo, ha podido experimentar. Una preciosa razón que, de por sí, ya bastaría para querer adorar a nuestro Señor siempre. Veamos.
          Estos ángeles fueron creados por Dios y siempre han estado delante de él. Es lo que siempre han conocido. No saben lo que es vivir sin Dios, separados de él. No han vivido la tristeza, la angustia, la soledad o la desesperación de estar sin él. Y luego, sentir cómo Dios consuela, cambia ese lamento en gozo y llena de paz. No hay recibido la ansiada respuesta a una gran necesidad. No saben lo que es estar enfermos y ser sanados por el Señor.
          Y lo más grande: nunca han pecado ni necesitado su perdón. No conocen qué se siente saber que, aún mereciendo un fuego eterno, Dios mismo envió a su único Hijo para librarnos de tal castigo y destino; tomando él, a través de una muerte y sufrimiento horrendos, el lugar que a nosotros nos correspondía. Y siendo que la salvación de nuestras almas resultó tan costosa que solo pudo ser pagada con la vida y la sangre de Cristo, a Dios no le quedó más alternativa que concedérnosla gratis, solo por su gracia, pues era impagable para nosotros. Entonces, nos las regala. Y además de eso, nos hace vivir una vida abundante y en plenitud, aquí en la tierra. Y para luego, nos tiene preparada la vida eterna, siempre junto a él. Ninguna criatura celestial sabe la gratitud que se siente por todo eso.

          Jesucristo lo hizo todo por nosotros. Entonces ¿cómo no estar gozosos y serle agradecidos eternamente; aún más que los propios ángeles, que no saben lo que se siente haber sido redimidos por el Unigénito Hijo de Dios? Y aún sin saber lo que es eso, ellos le colman en todo momento de suprema adoración. Pues, ¡cuánto más deberíamos hacerlo nosotros!


          Y nosotros ¿qué estamos haciendo? Si tan solo sintiéramos siempre y vivamente una completa gratitud hacia Dios por todas estas cosas, nunca nos faltarían razones para adorarle.
          Por eso, como cristianos, como hijos o hijas de Dios, si hemos experimentado la salvación y el perdón de nuestros pecados, pero somos indiferentes, al punto en que nos diera lo mismo adorar o no adorar al Señor; pues creo que entonces resultaríamos, al fin de cuentas (y discúlpenme si esto llegase a herir susceptibilidades) siendo, simplemente, unos mal agradecidos.


2. SEAMOS AGRADECIDOS:
          El Señor se fija muy bien en quién tiene un corazón agradecido para con él y quién no lo tiene. Dios se agrada de nosotros cuando somos agradecidos con él. Esto lo podemos ver en el siguiente pasaje:
“Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros! Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados.
Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano.
Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.”
Lucas 17:11-19
          Si observamos bien, los diez hombres de este pasaje recibieron de Jesús, la sanidad a su enfermedad. Pero nueve de ellos se quedaron únicamente con esto; solo eso fue lo que recibieron. Y aunque la sanidad de su lepra era algo grande para ellos, había algo aún más precioso que Jesús les hubiera querido regalar a los diez: la salvación de sus almas.
          Pero solo aquel samaritano, quien tuvo un corazón agradecido para con Jesús, fue el único privilegiado, entre aquellos diez, que recibió su salvación. Este hombre regresó solamente para agradecerle a Jesús y darle gloria a Dios. Sin embargo, Jesús le añadió aún otra bendición mayor que la que ya había recibido.
          Es que quien se acerca al Maestro con un corazón agradecido y una actitud de adoración, siempre recibirá mucho más allá de lo que piensa o imagina:
“Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén.”
Efesios 3:20-21
          No seamos ingratos con el Señor, y agradezcámosle todo lo que ha hecho, hace y ha prometido que hará con nosotros. Es que sin importar lo que nos acontezca en esta vida, el solo hecho de gozar de la inmerecida salvación que Cristo nos da, ya es razón suficiente para volcar hacia él toda nuestra adoración. 
          Y además de esto, recordemos que, independientemente de que nos mostremos o no agradecidos, él es Dios. Por lo cual, siempre ha sido, es y será digno y merecedor de toda adoración. Esto jamás cambiará y a él le debemos toda gloria y honor, hoy y siempre.

3. ADORAR A DIOS NOS LLEVA A CONTEMPLARLE:

          En lo que respecta a las bellezas que me esperarán en el cielo, mi mayor aliciente (muy personalmente hablando) no es vivir en una hermosa, perfecta y resplandeciente ciudad (Apocalipsis 21:10-11), toda hecha de oro (Ap. 21:18), adornada de toda piedra preciosa (Ap. 21:19-20), cuyas puertas son de macizas perlas y sus calles de oro (Ap. 21:21). Tampoco lo es el tener un cuerpo glorificado, vestir hermosas vestiduras blancas ni llevar una corona en mi cabeza, si la llego a ganar. Todo eso ha de ser hermoso, por supuesto. Pero, a mi parecer, son solo añadiduras. Hermosas y gloriosas; pero al fin y al cabo, añadiduras.
          Pero, ¿cómo que “añadiduras”?, me dirán quizás ustedes. ¿Acaso estoy menospreciando las hermosas mansiones que Cristo mismo nos ha preparado? Claro que no.
          Cuando me refiero a todas esas bellezas del cielo como “añadiduras”, es porque creo que todas ellas se quedarán “pequeñas”, comparadas con lo que será lo mejor del cielo, lo más sublime, lo más precioso y preciado; lo realmente incomparable y lo que yo más ansío llegar a disfrutar: LA PRESENCIA MISMA DEL SEÑOR. Esa es mi mayor esperanza.
          Así, mi mayor aliciente de lo que encontraré en el cielo es alcanzar el privilegio inmerecido de contemplar al Señor frente a frente, de conversar con él cara a cara; de cenar en la misma mesa que él, de verlo con mis propios ojos frente a mí y poder entregarle, allí mismo, en persona, mi adoración.
           Creo que el “encanto” y esencia del cielo no es la gloria, ni los ángeles ni la hermosa ciudad celestial. Para mí, todo el encanto y gloria del cielo es, precisamente, Dios mismo. El cielo es precioso, precisamente, porque el Señor está allí. El cielo, con toda su hermosura, no sería cielo, si Dios no estuviera allí. El cielo no es cielo, sin Dios; la gloria no es gloria, sin Dios. Él es la gloria. Lo importante del cielo no es cómo será; sino, QUIÉN ESTARÁ ALLÍ: el Rey de reyes y Señor de señores.
“Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.”
1 Juan 3:2-3
          Este versículo citado nos muestra que nuestra esperanza máxima es llegar a ver al Señor tal como él es. Pero es necesario que estemos conscientes de lo que este hecho representa, para que así, "esta esperanza" se convierta para nosotros en un vehemente anhelo y pasión. Quien no lo comprende, no lo anhelará. Y quien no lo anhele, no sentirá el impulso de "purificarse a sí mismo", para llegar a alcanzarlo.
          Creo que quienes no se sienten motivados o inspirados a adorar a Dios es porque no le han visto y conocido personalmente en su vida. Es como que necesitasen verle con sus ojos, para luego adorarle.
          Mas, recordemos esto:
"Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron."
Juan 20:29
          Lo anterior se refiere, en primera instancia, a creer en Cristo, en el Evangelio. Pero este versículo también podemos hacerlo extensivo al concepto de poder ver a Dios y contemplarle a él, por medio de la fe, en todas las esferas de nuestra vida.
          Nos dicen además las Escrituras, respecto a ver a través de los ojos de la fe:
"Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve... Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.”
Hebreos 11:1,6
          Aquí en esta tierra, nadie ha contemplado a Dios en todo su esplendor y gloria; ninguno viviría para contarlo. Allá en el cielo, sí podremos verle finalmente cara a cara, como es; pues tendremos un cuerpo glorificado, totalmente santo y puro que sí tendrá la capacidad de estar ante la presencia del Altísimo.
          A través de la adoración (aún estando nosotros en este cuerpo imperfecto y mortal) podemos llegar a admirarle, a contemplarle, al acercarnos a él en espíritu y en verdad. Quizás no le veamos literalmente, con nuestros ojos naturales. Pero los ojos de nuestro espíritu sí pueden verle, cuando le adoramos.
          Ahora bien, si la adoración nos permite contemplar al Señor, aún estando nosotros en este mundo terrenal; pues ¿cuánto más no lo contemplaremos cuando estemos cara a cara frente a él y para siempre?
          Es que pienso que el solo hecho de estar ante él, cara a cara, nos llevará, de por sí, a querer solo adorarle.
                    Lo anterior, yo lo resumiría y expresaría, en mis propias palabras, así:
Al adorar a Dios, aquí en la tierra, le llegamos a contemplar.
En el cielo, al contemplarle, le querremos solo adorar.
Aquí, el adorarle nos lleva a contemplarle.
Allá, contemplarle, nos impulsará continuamente a adorarle.
En el cielo, contemplarle no será un efecto de adorarle;
Contemplarle será la causa por la cual adorarle.
Por eso, en el cielo hay y habrá continua adoración:
Pues quien está frente el Señor y le contempla,
No puede hacer otra cosa, sino adorarle.
          Hay una bella canción, que interpreta el ministro de la música, Marcos Vidal; la cual plasma poéticamente el anhelo que deberíamos sentir por estar ante la presencia misma del Señor y llegar a contemplarle, allá en la eternidad. El cantante deja entrever que, más que importarle lo que llegue a alcanzar y encontrar en el cielo, lo único valedero para él es poder estar frente a frente con el Maestro. De este canto, “CARA A CARA”, me permito citar hoy su letra y te invito a que, mientras la lees, te imagines a ti mismo en esta escena, estando cara a cara frente al Señor:
CARA A CARA
Intérprete: Marcos Vidal

Solamente una palabra, solamente una oración,
cuando llegue a tu presencia, oh Señor.
No importa en qué lugar de la mesa me hagas sentar,
o el color de mi corona, si la llego a ganar.

Solamente una palabra, si es que aún me queda voz,
y si logro articularla en tu presencia.
No te quiero hacer preguntas, tan solo una petición,
y si puede ser a solas, mucho mejor:

Solo déjame mirarte cara a cara
y perderme, como un niño, en tu mirada.
Y que pase mucho tiempo y que nadie diga nada,
porque estoy viendo al Maestro, cara a cara.
Que se ahogue mi recuerdo en tu mirada.
Quiero amarte en el silencio y sin palabras;
y que pase mucho tiempo y que nadie diga nada.
Solo déjame mirarte cara a cara.

Solamente una palabra, solamente una oración,
cuando llegue a tu presencia, oh Señor.
No importa en qué lugar de la mesa me hagas sentar,
 o el color de mi corona, si la llego a ganar.

Solo déjame mirarte cara a cara,
aunque caiga derretido en tu mirada.
Derrotado y desde el suelo, tembloroso y sin aliento,
aún te seguiré mirando, mi Maestro.
Cuando caiga ante tus plantas, de rodillas,
déjame llorar, pegado a tus heridas.
Y que pase mucho tiempo y que nadie me lo impida,
que he esperado este momento toda mi vida.

          Lo que abunde en nuestro interior es lo que brotará de él con toda facilidad. Si en nuestro corazón lo que realmente abunda es amor y gratitud hacia Dios, nunca nos será gravoso alabarle ni adorarle, pues será una actitud que saltará, que brotará espontáneamente de nuestro corazón.
          Siendo así, el elevar al Señor alabanza será motivo de sumo gozo y deleite a nuestro ser, además de traernos inmensa bendición. Si una actitud de alabanza abunda en nuestro interior, pues así mismo, ésta brotará hacia el exterior como producto de nuestra relación íntima y diaria con Dios.
“El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca.”
Lucas 6:45
          Solo el Señor debe ser el centro, anhelo y razón de nuestra alabanza y adoración.
          Y tú, ¿cómo crees que será adorar a Dios en el cielo? Déjanos saber lo que piensas, en los comentarios de este artículo.


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