Hoy es - ¡Este es el día que hizo el Señor!

junio 30, 2010

PLANEAR, PERO EJECUTAR EN LIBERTAD, siguiendo el mover de Dios

PLANIFICAR, SIN PERDER LA LIBERTAD
Cuando estamos ministrando congregacionalmente, a través de la alabanza y la adoración a Dios, es importantísimo dejar lugar al Señor para que él sea quien nos dirija y obre, en lugar de nosotros. Estos temas los hemos ido viendo en la serie "Seguir el mover de Dios".
          En esta ocasión, quiero tratar lo referente a que hay que planificar lo que vamos a hacer, pero siempre, siempre, dejando un compás abierto; es decir, cierto grado de "elasticidad" o "flexibilidad", a la hora de ejecutar lo que teníamos preparado. Esto, de tal manera que le permitamos al Señor obrar en y a través de nosotros.
          Al estar en un altar ministrando a Dios y al pueblo, no podemos "encasillarnos" en un patrón que nosotros mismos hayamos preestablecido, pretendiendo ceñirnos al pie de la letra a todo lo previamente preparado; sin darle lugar al mover del Señor. Y si le damos lugar al mover divino, esto podría implicar, en un momento dado, que nuestros planes queden relegados por los planes de Dios.
          No debería importarnos si los planes nuestros llegasen a ser cambiados por los planes del Señor. ¡Ojalá y eso fuera siempre lo que sucediera en los tiempos congregacionales de alabanza y adoración a Dios!


1. DIOS ES QUIEN MANDA, DECIDE Y ACTÚA.
          Hay una gran diferencia entre la forma en que se deben desarrollar las cosas en el mundo cristiano, y la forma en cómo se suceden en el mundo secular, en cuanto a la música se refiere.
          No es lo mismo "allá, afuera" que "acá, adentro". Veamos.
          El artista mundano planea de principio a fin todo su espectáculo; cada detalle, incluso lo que va a decir.  Y no pretenderá alterar la ejecución de las piezas que ya preparó, pues él va a presentar lo que ya tiene previsto. Pase lo que pase, este artista estará preparado para "montar" toda una “actuación”.
          Además, la gran mayoría de estos artistas no persigue un propósito profundo con su música, fuera de que ésta le agrade y entretenga a su público; así como lograr ser aceptado, querido y aplaudido por la gente. Gran parte de estis artistas seculares no tiene un interés especial más allá del propio, para procurar el bien de sus oyentes o de transmitir un mensaje positivo de impacto con su música.

          Pero en el ámbito cristiano, las cosas son muy diferentes. Debemos planificar bien las cosas. Pero también hemos de recordar y tener presente en todo momento, que EL SEÑOR ES QUIEN MANDA, DECIDE Y ACTÚA. Por eso, como él es Quien es, debemos saber que cualquier cosa puede pasar, en medio de una ministración (y me refiero a cosas buenas, por supuesto).
          Pienso que aquí, en la viña del Señor, no vale la frase aquella que acostumbran poner en los automóviles, que dice: "Dios es mi Copiloto". No. Aquí (como en toda fasceta de la vida de un cristiano), Dios ha de ser "nuestro piloto" para que todo funcione bien. Nosotros solo debemos ser "los pasajeros de al lado" del piloto. Dios debe ser nuestro piloto; él debe tener el control.
          Pero Dios no se pelea con nosotros por conseguir ese control. Solo lo toma, cuando nosotros, voluntariamente, se lo cedemos.



2. LIBERTAD NO SIGNIFICA DESORDEN.
          Ahora bien, cuando me refiero a desarrollar una ministración con en libertad, no quiero dar a entender, en ninguna forma, que tomemos como costumbre la improvisación desordenada, pues eso ya sería irnos al extremo opuesto.
          Libertad y desorden no es lo mismo. Existe una gran diferencia entre la improvisación desordenada y el dar lugar a la libertad del mover de Dios.
          Dios es un Dios de orden. Por consiguiente, el descontrol, el desorden, el libertinaje, el caos y la confusión no van de acuerdo a lo que Dios nos establece como su voluntad. Pareciera que para algunos todas estas cosas son sinónimos de libertad; pero en realidad, esto no puede ser así.
          He visto a quienes, so pretexto de seguir el mover de Dios, lo que ocasionan es un caos "sin ton ni son". Es que no podemos, pretendiendo proceder con libertad en una ministración, lanzarnos a nosotros y al grupo a una situación, técnica y musicalmente hablando, que no es de nuestro dominio; todo lo cual, a fin de cuentas, podría resultar en una gran confusión.
          Un cantor y un grupo de respaldo que estén bien preparados y acoplados entre sí (tanto musicalmente como en un mismo espíritu) podrán hacer frente a los imprevistos de una mejor manera.
          Todo hay que hacerlo con prudencia y sabiduría, así como dentro del balance correcto y de la forma en como el Señor nos indica.

          Cuando somos guiados por Dios, si él nos desplaza a un lado, él mismo se encargará de regir, de dirigir y de actuar. Y siendo así, todo estará en orden: en el orden de Dios.
          Cuán bien sepamos manejar esa libertad de la ministración, sin caer en una desordenada improvisación, tendrá que ver mucho con el grado de preparación espiritual de quien está dirigiendo la alabanza; así como con el grado de experiencia (técnicamente hablando) de esa persona y del grupo en general que le acompaña.


3. PLANIFICAR LAS GENERALIDADES, PERO DEJAR UN COMPÁS ABIERTO
          Considero que lo óptimo sería que al momento de practicar una canción que va a ser interpretada durante el tiempo de alabanza congregacional, en el ensayo previo, por ejemplo, se deje establecido para el grupo (tanto en lo que corresponde a músicos como a cantores) cierto patrón o estructura musical básica del cuerpo de la canción, en cuanto a cómo se interpretará la misma.
          Me refiero con esto a que se debe practicar bien y "cuadrar" los parámetros generales de lo que se va a hacer. Y nótese que dije "estructura musical básica" y "parámetros generales" (enfatizo "básica" y "generales"). Es decir, no llevar las cosas hasta el punto en que no podamos llegar a alterar ningún detalle, cuando así sea necesario.
          Por ejemplo, podemos dejar estipulado cosas tales como: la forma en que se cantará la canción, en qué tonos y ritmo; cómo se hará la introducción, el orden de entrada de los instrumentos y voces; cómo se va a terminar el canto, etc.
              Pero, asimismo, debe dejarse cierto grado de "elasticidad" o flexibilidad que permita (tanto al cantor, como al grupo en sí), ministrar con libertad. Esto, conservando en lo posible los parámetros generales establecidos; pero sin tener que ceñirse todo el tiempo a éstos, de una manera estricta o estrecha.
          Por ejemplo, el cantor que está dirigiendo la alabanza debe estar en libertad, si así lo siente del Señor, de repetir, por ejemplo, cierta parte de la canción o alterar parte del orden de la misma. Tal vez, podría cambiar la velocidad del patrón rítmico o algunas otras variantes; incluso, seguir cantando la canción por más veces o menos veces (según sea el caso) de lo previamente estipulado, sin que esto represente confusión o desajuste dentro del patrón musical general previamente establecido. Lo único que debería necesitar, si el grupo está preparado, es irle indicando de manera adecuada a sus compañeros las pequeñas modificaciones durante el curso de la interpretación.

          El poder "jugar" o no con esa flexibilidad de las canciones, a lo largo del tiempo de ministración, tendrá que ver mucho con la capacidad del cantor, así como del grupo mismo en sí, en correlación con cuánto dominio o no tengan de las piezas musicales; así como su capacidad de ejecutar idóneamente su instrumento; y cuán hábiles sean o no los demás cantantes.
          A diferencia de como puede suceder en la presentación de un "especial" o de un concierto, resulta que, en el caso de una ministración de alabanza congregacional, no podemos estar con la mentalidad de dejar “cuadrado” o establecido todo rígidamente, hasta el último “ah”, “sí” y “amén” que vayamos a decir o cantar. Tampoco podemos prefijar con exactitud hasta la más pequeña pausa ni todas las vueltas que le vamos a dar a la canción, olvidando el dejar cierto grado de flexibilidad que le permita al cantor ministrar con libertad, cuando así sea necesario.



4. EL SEÑOR LLEGA A DONDE ES INVITADO
          Si pretendemos "cuadrar" hasta el último detalle y que todo sea exactamente, hasta la mínima cosa, tal y como se ensayó, sin permitir ni el más mínimo cambio; pues digo, con toda seguridad, que esto limitará a quien está dirigiendo la alabanza, y le restará o "cercenará" su libertad para ministrar (si es que éste cantor desea realmente ministrar; y no tan solo cantar o hacer una gran presentación musical).
          Pero, peor aún, estaremos cerrándole la puerta a Dios, sin dejarlo que él haga lo que quiera hacer. El Señor es todo un caballero y si no le invitamos a pasar, él no entrará. Si no le cedemos el control de lo que vamos a hacer, él no lo tomará a la fuerza, aunque bien pudiese hacerlo.
"He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo."
Apocalipsis 3:20
          Jesús está llamando, pero nosotros hemos de abrirle, si queremos que pase y tenga comunión con nosotros. La ilustración "cenaré con él y él conmigo" significa tener comunión ítima con él, en familiariidad y cercanía. Esto, en toda área de nuestra vida.
          Mas, aplicándolo al caso que nos atañe en este momento, en lo que respecta a la dirección de un tiempo de ministración de alabanza, si queremos que él pase, entre y tome el control de lo que hacemos, pues hemos de PEDÍRSELO sinceramente y hemos de DARLE LUGAR para que lo haga.
          Como ya mencionamos, un poco más arriba, el Señor no se pelea con nosotros por obtener el control, ni de nuestra vida, ni de nuestros actos, así como tampoco, de una ministración. Aunque  él tiene el poder absoluto para hacerlo, DIOS TOMA EL CONTROL CUANDO NOSOTROS NOS HACEMOS A UN LADO Y SE LO CEDEMOS A ÉL. Es más, a cualquiera de nosotros nos convendría que así fuera.
          Y cederle el control significa, primeramente, reconocer que él es soberano y que nosotros somos solo "ovejas de su prado". Es reconocer que nosotros no, sino solo él, sabe qué el lo bueno y lo correcto para nosotros y para su pueblo. Es reconocer que él tiene para nosotros pensamientos de bien; y es reconocer que él quiere y tiene el poder para llevarlos a cabo.




6. NO SE TRATA DE LUCIRNOS NOSOTROS, SINO DE QUE SEA DIOS QUIEN BRILLE
          Debemos hacer una realidad en nuestra vida aquello que decía Juan el Bautista:
"Es necesario que yo (Juan) mengue, pero que él (Jesús) crezca".
Juan
Y cuando la presencia del Señor se hace tan real que anula nuestra presencia, es entonces que ocurren las maravillas y los milagros.

          Si no le damos lugar al mover de Dios durante un tiempo de alabanza y adoración, pues podríamos, a fin de cuentas, terminar solo "presentando canciones lindas, interpretadas hermosa y profesionalmente" (musical y vocalmente hablando); pero quizás, sin que ello logre alcanzar más allá de eso: sin llegar a ministrar, ni A DIOS ni A LA GENTE.
          Si así terminase siendo nuestra participación en un altar de Dios, siendo solamente "una bonita presentación", para el entretenimiento de las personas, pero sin esencia ni substancia; pues es mi parecer (sin ánimo de herir susceptibilidades) que habrá sido una pérdida de tiempo; pues no habremos logrado el cometido para el cual el Señor nos puso allí: ministrarle a Dios (primeramente), y (segundo), ministrar a la gente.
          En los espectáculos mundanos, quienes se lucen y son admirados y alabados son los artistas. En la música rendida a Dios, el que brilla, es admirado y exaltado ha de ser siempre y solamente el Señor.
          Si, en lugar de ministrar, lo que buscamos es lucirnos y presentar solo un hermoso espectáculo, sin darle lugar a Dios; pues eso será justamente lo que conseguiremos: solo un lindo espectáculo, sin esencia; planeado y ejecutado por los hombres y para deleite de los hombres; pero no para el deleite de Dios.
"Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican; si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia."
Salmo 127:1
          Dios no nos pone en un altar para lucirnos ni para entretener a otros. El Señor nos pone en un altar para que seamos un instrumento que le traiga honra a él; para que sola, única y exclusivamente SU NOMBRE SEA EL EXALTADO; y para que GUIEMOS A SU PUEBLO a encontrarse con él a través de la alabanza y la adoración.

2 Comentarios. ¿Dejas el tuyo? :

Hermana en cristo jesus dijo...

Muí buena estas enseñanzas me confirman lo que he estado haciendo gracias

Hermana en cristo jesus dijo...

Muí buena estas enseñanzas me confirman lo que he estado haciendo gracias

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